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El Caballo Blanco

Viaje al interior

Cuento realizado en EducArte - Guiar,
Por Felipe Haro
Argentina, Enero 2013

Había una vez, un caballo blanco que se llamaba Rayo, era un caballo hermoso, muy rápido y veloz, cada vez que corría dejaba una chispa de luz dorada al arrancar. Rayo tenía muy claro cuál era su misión de vida. Además de ser un caballo de carreras, su misión era iluminar la sonrisa de todos los que le veían pasar. Como eso le gustaba mucho y le llenaba el corazón, Rayo decidió buscar y encontrar la forma de correr más rápido y dejar sonrisas en todos al instante y sólo por pasar. Estaba tan decidido a lograrlo que fue con la señora tortuga a contarle su misión ya que tenía la esperanza de que le dijera como hacerlo o ya de perdida, que le diera un consejo, pero la tortuga le dijo que ella era muy lenta y que no le podía ayudar en cuanto a la velocidad, le dijo que en lo que sí le podía ayudar era en el hacer sonreír, así que sin decir nada, lentamente se metió la tortuga a su caparazón y esperó ahí dentro muy paciente hasta que Rayo no sabía qué hacer, le hablaba a la señora tortuga pero no recibía respuesta, trataba de mirar dentro del caparazón pero no encontraba nada, aburrido después de esperar por varios minutos, la tortuga salió de su caparazón con una sonrisa de oreja a oreja, y Rayo al momento de ver que estaba de regreso se puso feliz con una enorme sonrisa. La tortuga le dijo a Rayo: “Ya vez que fácil es dibujar una sonrisa en los demás”.

En ese momento, Rayo se dio cuenta de que la sorpresa era muy divertida y a todos nos gustan, también se dio cuenta de que la tortuga le dijo a Rayo que no le enseñaría nada sobre velocidad, pero el notó que cuando la tortuga sacó la cabeza de su caparazón a él le pareció muy rápido y eso era porque los movimientos anteriores habían sido más lentos. Con esto, Rayo comprendió que la velocidad al igual que la vida es relativa, es decir, que no siempre es como parece, por lo tanto hay que siempre estar atentos a las sorpresas de la vida y no juzgar a los demás pues en realidad todos nos pueden enseñar cosas aunque ellos no lo sepan, basta con abrir tu corazón y disponerte a aprender. Después de reflexionar varios minutos sobre lo aprendido, se dio cuenta que en realidad todos los animales del bosque podrían ayudarle enseñándole algo para hacer mejor su misión. Así que le agradeció con un beso a la señora tortuga y salió corriendo dejando chispas de luz dorada que dejaron con una gran sonrisa a la señora tortuga quien se preguntó “¿Por qué habrá venido Rayo a pedirme consejo sobre como correr más rápido y sobre cómo dibujar sonrisas, si él lo hace súper bien?”

Rayo había salido corriendo tan rápido porque quería ir a visitar al Señor Búho, el animal más sabio del bosque. Al llegar al árbol más viejo de ese lugar, Rayo llamo al señor búho con un relinchido. El señor búho salió de su casa y con sus grandes ojos lo miró y le dijo. “Hola Rayo! ¿Qué te trae por aquí? Rayo muy emocionado le dijo que quería correr más rápido y hacer sonreír a todos al pasar. El búho le miró a los ojos y vio dentro de ellos algo que nunca había visto, era como si al mirarlo a los ojos podía ver la verdadera alma de este hermoso caballo. Sorprendido por lo que vio, el señor búho se metió a su enorme árbol donde tenía una gran biblioteca de libros con el conocimiento de todo el bosque entero, en estos libros se encontraban escritas las vidas de todos los habitantes del bosque. Buscó pacientemente entre tantos libros y sacó uno muy especial de color dorado, lo revisó y salió de prisa para dárselo a Rayo diciendo, “Al leer este libro, te darás cuenta de lo especial que eres, estoy seguro que pronto lograrás tu deseo, incluso creo que hasta podrás volar”. Rayo tomó el libro en sus manos y en ese momento y sin leer una sola palabra, una luz dorada muy intensa salió del libro iluminando todo su rostro. Rayo no lo podía creer, nunca había sentido una luz tan pura sobre su rostro, era como tocar el cielo con algo más allá que su propio cuerpo. Con el corazón lleno de amor y agradecimiento, se despidió y se fue corriendo a casa dejando una chispa de luz y una sonrisa muy especial en el señor Búho. Camino a casa, Rayo no dejaba de pensar en la posibilidad de volar, pero se sentía incapaz ya que los caballos no vuelan, sin embargo algo dentro de él le decía, que él si podía volar, es por eso que su misión no era otra más que ir más rápido y dejar sonrisas en todos al pasar. Esto era lo que más feliz lo hacía sentir y no había cosa que disfrutara más, pues era su misión aquí en la tierra. El reto ahora era encontrar la manera de hacerlo, ya que siempre hay, por lo menos una forma de hacer las cosas.

Aún con la pregunta en la mente, de repente Rayo vio pasar en el horizonte a un águila real, al verla, no pudo hacer otra cosa más que salir corriendo lo más rápido que podía tras ella. La veía a lo lejos y observaba con mucha atención los movimientos de las alas del águila, al poner tanta atención en ésta maravillosa ave, parecía que el mundo cambiaba ya que su corazón latía con más fuerza, y un nuevo gozo en su corazón lo liberaba del cansancio. Trataba de imitar los movimientos del águila para ver si él también podía volar, quería sentir sus pies flotando en el aire, pero no tenía resultados. Para Rayo, lo más cercano al volar, era cuando saltaba una gran roca o un ancho rio; era en ese momento en el que estaba suspendido en el aire que sentía un gran amor, donde sentía que tenía alas y podía volar, donde el tiempo se paraba por ese instante y sentía a su verdadero ser. Así que no dejaba de correr y saltar. Corría y corría más rápido para saltar y seguir sintiendo esa cosa tan hermosa de sentir tu cuerpo suspendido en el aire y el viento acariciar todo tu cuerpo. Era vivir el momento tal cual es, como un regalo del universo.

Después de tanto correr y saltar por mucho tiempo, llegó a la sima de la montaña donde el águila posó en la rama de un árbol.

Rayo estaba más que feliz por todas las experiencias que había vivido con cada salto para poder llegar a la cima de la montaña. Al ver al águila de frente, le pidió que le enseñara a volar, pues los saltos y el estar suspendido en el aire, era lo más maravilloso que había experimentado hasta el momento.

El águila, al escuchar esto, se sorprendió mucho y con su afinada vista veía a Rayo por un lado y por otro, por arriba y por abajo. Estaba admirado, ya que nunca había visto a un caballo como Rayo. Después de varios minutos de observarlo detenidamente, le preguntó: “Rayo, ¿Qué es lo que te impide volar?

Sorprendido por la pregunta contestó. “Pues que soy un caballo y los caballos no pueden volar”. ¿Y por qué no pueden volar los caballos?, dijo el águila. Pues porque no tienen alas dijo Rayo. Ya entiendo, dijo el águila, que con su afinada vista podía ver y reconocer todo el potencial que existía dentro de Rayo, digamos que los ojos del águila le permitían ver a Rayo como nadie más lo podía ver.

El águila, tenía el don de ver más allá de las cosas, y por eso fue que se dio cuenta que la petición de Rayo venia de su corazón, así que decidió ayudarle diciendo: “Ahora que estás listo y quieres aprender te enseñaré a volar, pero tienes que entender que yo soy un águila y por lo tanto vuelo como águila, tú no eres un águila, así que nunca podrás volar como yo, por lo tanto te enseñaré a valor como lo hago yo, pero tendrás que aprender a valor como sólo lo puedes hacer tu.

Rayo no entendía y tampoco estaba seguro de lo que el águila le estaba diciendo pero el amor de su corazón lo llevaba a sentir una seguridad muy profunda, es decir, sentía el impulso de su alma.

El águila, muy segura de sí misma, al reconocer la actitud de Rayo, le dijo: ¿Podrías asomarte a esta orilla y mostrarme tu casa que está abajo en el valle? En cuanto Rayo se acercó, se dio cuenta que estaba en la cima de la montaña más alta del lugar, estaba tan alto, que su enorme casa parecía más pequeña que el tamaño de una hormiga. No podía creer que había llegado tan alto sin darse cuenta, sin cansarse y en tan poco tiempo. En realidad su memoria le decía que sólo había saltado y disfrutado como nunca y de repente estaba ya en la cima de la montaña más alta parado frente al águila que le enseñaría a volar, definitivamente nunca pensó que llegar a ese punto sería tan rápido, gozoso y divertido, de hecho, desde su cabeza, jamás pensó poder llegar tan alto, pero fue su corazón, el que lo llevó a ese lugar y eso lo ponía todavía más feliz. Al darse cuenta que logró dicha hazaña siguiendo al águila, que era su guía y a su corazón, que era el que la daba la fuerza, sintió un gran reconocimiento por sí mismo y por el águila, ahora su maestro.

El Águila le dijo a Rayo, lo único que tienes que hacer para llegar a tu casa volando, es dar un salto y al sentir el viento sobre tu rostro y al estar suspendido en el aire, abrir tus alas suavemente y dejarte llevar. Eso es todo.

¿Qué? dijo Rayo, completamente sorprendido. El águila dijo: “así es, así de fácil, inténtalo y verás” ¿Qué? ¿Me estas bromeando?, yo no puedo hacer eso, no soy un águila. Así es, dijo el águila, eso es lo que hago yo, tú lo tienes que hacer como lo que tú eres. ¿Y cómo es eso? Dijo Rayo, pues eso sólo tú lo puedes saber, acuérdate que yo soy un águila.

Rayo se quedó intrigado pensando en cómo lo podría hacer, pero después de un rato de pensar y buscar ideas, lo único que se le venía a la mente era la sensación de cuando saltaba rocas y ríos pero nada más. Al decirle al águila que no encontraba la forma de volar y que lo único que se le venía a la mente era esa hermosa sensación de saltar, el águila le dijo: “Muy bien, ya lo tienes, eso es lo mismo que siento yo al volar, así que ya lo tienes, hazlo exactamente igual y podrás volar.

Rayo se moría de miedo, pues ese lugar era muy alto, él sabía que si no lograba volar se lastimaría fuertemente, sentía por un lado las ganas de volar, pero por otro lado, tenía miedo de lastimarse. Fue entonces cuando el águila lo alentó diciendo: “Confía en ti, nunca permitas que el miedo te aleje de lo que amas”. Rayo sintió en ese momento un gran impulso. El águila agregó: “Vence tus miedo, yo estaré volando junto a ti.” Al oir esto, Rayo supo que lo podía y tenía que hacer, así que sin pensarlo, corrió como nunca antes dejando un destello de luces doradas que salían de su corazón y dio el salto más grande que jamás se imaginó poder dar. Ante el miedo de caer y fracasar, la fuerza de su corazón y la guía de su alma, saltó al vacío y sintió nuevamente esa sensación indescriptible pero esta vez intensificada al máximo, el tiempo se congeló por un instante y la sensación fue como si su corazón se expandiera más allá de él, era como ser uno mismo con el universo entero, segundos después, lleno de felicidad y amor que le producía lo profundo de la experiencia que estaba por fin viviendo, se dio cuenta que el águila estaba justo a su lado tal y como lo dijo, al verla ella le dijo: “No olvides abrir tus alas!”

En ese momento Rayo se imaginó unas alas que se alimentaban en su corazón y las abrió… Sintió que se desplegaron unas maravillosas alas de luz dorada que iluminaban no sólo su rostro, sino el cielo entero. Fue entonces cuando se iluminó una enorme y profunda sonrisa en el águila. Rayo sorprendido por la sonrisa tan profunda del águila y ante el asombro de no caer, miró hacia atrás en su espalda y vio por primera vez sus alas. Fue en ese momento donde se dio cuenta que en realidad no era un caballo blanco, lo que descubrió a través de su corazón, es que en realidad es un Pegaso… y que la propia luz de su corazón, era lo que hacía visibles sus alas y le permitía volar. Desde ese día no existió persona que al ver a ese hermoso Pegaso se iluminara su rostro y su corazón por el sólo hecho de verlo pasar.

Esta es la historia de Rayo, un Pegaso que creía ser un caballo blanco, pero que al buscar las respuestas dentro de su corazón, se dio cuenta de la verdad de su ser.  

“Abre tus Alas y Échate a Volar”

 

 

 

 

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