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Cuento creado por Romina Ceballos, Eldira.
En taller EducArte Argentina, Enero 2010

Un Cuento Muy Maravilloso

Este cuento nos cuenta de un sabio árbol que vivía en un bosque muy antiguo. Allí habitaban hermosos duendes, flores, sapos de todos colores y bichos ultrasensibles.

Los niños del lugar todos los días acudían a visitar este hermoso bosque porque algo en sus corazones les decía que en ese lugar aprendían cosas  ningún viento podía soplar o hacer olvidar.

El maestro árbol podía leerles cuentos un día o regalarles tortas de pera o  invitarlos a descubrir las profundidades del lago espejo donde los aprendizajes eran eternos.

Los pájaros acompañaban a diario su tarea con una orquestra en la que sonaban chicharras y grillos; y una tortuga vieja que tocaba el piano.

Cuando el sol acompañaba el día jugaban y bailaban al aire libre, hacían picnics o pintaban con los colores de la tierra y las plantas.

Cuando llovía o se ponía fucsia el cielo, los niños y el gran maestro se hacían uno en una cueva, el templo sagrado que compartían.

Todos los niños participaban contentos al aprender los elementos de la madre tierra, o sobre sus amigos animales y plantas, el movimiento de los astros o el nacimiento de alguna semilla.

Si algún niño se enojaba o se sentía mal el maestro lo sabia contener y abrazar con sus amorosas ramitas entregándole una piedrita de la curiosidad que encendía rápidamente una luz en el pecho de ese niño y saltando se disponía a experimentar con algo nuevo.

En la copa de este gran árbol vivía una ardilla que le susurraba al oído alguna alegre danza para mover sus ramas que invitaban a los niños a moverse en ronda alrededor del maestro como si este fuera el centro de un sistema que irradiaba luz de inocencia, armonía y  mucho amor.

Así todos sentían estar manifestando lo mas profundo de su ser. El arte, el conocimiento y el amor eran los ingredientes sagrados de este lugar y cada uno podía recordar para que estuviera allí a cada momento.

La unidad la paz y la verdad acompañaban a esta escuela a cada lugar y guiado por los angelitos del cielo creaban y recreaban mundos ayudando al planeta a andar en constante evolución.

Cuando la estrellas comenzaban a brillar y la luna volvía a sonreír, los niños regresaban a su hogar, al que con toda su vivencia recorriendo  su ser, contentos corrían.

Las mamas y los papas se ponían contentos al verlos llegar y con los brazos abiertos los recibían y compartían entre todos ese día tan espectacular que de sus corazones no se iba a borrar.

                               FIN

 

 

Para Mayor Información, contactarse a: Info@EducacionEvolutiva.org